Una realidad tozuda

lunes 14 de marzo, 2011

La pequeña y mediana empresa representa el 95% del tejido productivo español. Y si apuramos en el análisis, la presencia de la microempresa es abrumadora en la economía nacional. Por ejemplo, de 1.425.000 entidades inscritas en el Régimen General de la Seguridad Social, en torno a un millón tienen hasta cinco trabajadores, y 1.400.000, hasta cincuenta empleados, además de los tres millones que hay en el Régimen de Autónomos. La pequeña sociedad es pues el núcleo central de toda la actividad económica, de los ingresos fiscales y de la Seguridad Social; la que más necesita de medidas que le ayuden a salir adelante y, en consecuencia, que le permitan crear empleo. Está claro que su desarrollo debe ser una de las razones fundamentales de cualquier Gobierno y más cuando hay 4, 7 millones de parados. Es verdad que el Ejecutivo ha tomado muchas medidas para intentar favorecer la actividad de estas empresas. Sin embargo, y a pesar del Instituto de Crédito Oficial, nadie en el sector privado resuelve su gran problema de financiación. Es la cuestión que sale en todas las reuniones que celebra la patronal Cepyme, cualquiera que sea el tema objetivo de las mismas. Ni la reforma laboral ni la reducción de los procesos administrativos para las empresas. La obsesión de este tipo de sociedades es hoy en día la obtención de recursos, no para invertir, que ya es muy grave, sino para hacer frente a los gastos del día a día, como el pago a los proveedores o la nómina mensual de los trabajadores. Incluso, lo preocupante es pensar que, a corto y medio plazo, las cosas no van a mejorar para este tipo de empresas. Es la primera consecuencia que se deriva de las exigencias del Gobierno y del Banco de España a bancos y cajas para que fortalezcan su capital principal. De acuerdo con los datos del supervisor, la mayoría de bancos y cajas cumplen con los requisitos de capital principal y sólo doce necesitan, en conjunto, 15.152 millones de euros de recursos adicionales. Sin embargo, el propio Banco de España ha situado en 100.000 millones el peso de los créditos y activos inmobiliarios con riesgo que tienen las cajas. A lo largo de la crisis ha ido aumentando el escepticismo de los ciudadanos sobre lo que dicen el Gobierno y, lamentablemente, el Banco de España, respecto a la realidad de la situación. Resulta que no es verdad que tengamos el mejor sistema financiero del mundo como ambos proclamaban, como tampoco es verdad que las reformas emprendidas sirvan para calmar a las agencias internacionales de calificación, que tanto daño nos están haciendo. España también ha llegado tarde a la reforma del sector financiero y, para colmo, tenemos un presidente del Gobierno que parece un boxeador al borde del fuera de combate, dando tumbos por el cuadrilátero y a la espera de que suene la campana de la legislatura. Por todo ello, y conociendo la tradición de los bancos y cajas me temo que la mayoría va a seguir recortando el crédito con un endurecimiento de las condiciones a las empresas y las familias durante mucho tiempo. Hasta que consigan sanear sus cuentas por completo y recuperar gran parte de lo que prestaron en la burbuja inmobiliaria. De hecho, el pasado jueves, el mismo día que Fernández Ordóñez comunicaba al sector financiero las exigencias de reforzamiento de capital, el Banco Central Europeo respaldaba la medida, pero también advertía de su posible impacto negativo en el crédito. Los indicadores demuestran la debilidad de la recuperación y, por tanto, las dificultades para crear empleo. No es verdad el anuncio de Zapatero de que este mismo mes empezará a crecer la ocupación como consecuencia de las reformas emprendidas. Una vez más intenta engañar a la opinión pública. Quienes conocen el mercado de trabajo pueden intuir que sólo va a reflejar la preparación de la contratación de la Semana Santa, que es a finales de abril y, probablemente, de la larga temporada turística que termina en septiembre, pero que no se trata de una reacción consistente del empleo. Si no fluyen los créditos a las empresas y, en especial a las pymes, no habrá nunca creación de empleo duradera y, por tanto, no será posible relanzamiento de la actividad.

Texto principal Miguel Valverde Expansión

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